[Viajes] Recién llegado de Constanza

Como es tradicional, hago una entrada de resumen tras un viaje. Aunque en esta ocasión hay poco que

Historias de aeropuertos

Me inspiran los aeropuertos, ¿sabes? Siempre lo han hecho.
De hecho, ahora mismo estoy en la T4 del aeropuerto de Madrid lista para coger mi vuelo número 25. Acabo de bajar de otro vuelo. Mi vuelo 24; y es que este es un viaje con escala. No suelo coger vuelos con escala; supongo que soy una viajera acomodada o que no he volado lo suficientemente lejos. Podría hablaros de a dónde he volado o de a dónde me gustaría volar. Sería una buena manera de empezar a contaros mis historias de aeropuertos y por qué me inspiran, pero no puedo hablar de buenas maneras cuando estoy empezando a escribir esta historia por la página 24 y media.
Aún me tiemblan las piernas, y es que algo que me parece importante quedar claro desde el principio es que me dan pánico los aviones. Pánico del de llorar. Pánico del que te daba de pequeña cuando tu madre te dejaba sola en la cola del súper. Quizá sea una afirmación un poco ignorante y a partir de la cual quieras dejar de leer por la cara de necia con la que me imaginas a mí, escritora y personaje de este microrrelato, pero no entiendo cómo un avión puede levantar el vuelo.
Una mente es mucho más ligera. O la imaginación. Y, aun así, cuesta que despeguen. Sufren retrasos, cancelaciones, cambios de horario, las inclemencias meteorológicas e incluso accidentes. Una mente en mal estado puede matar a más gente que un avión.
Sin embargo, esta explicación no pareció valerle a la chica que se sentaba justo a mi lado y rompía nerviosa la cara de una modelo que aparecía en una revista que una azafata con facciones similares acababa de darle. Ella también tiene miedo a volar y me sentí mucho más reconfortada.
Me quité entonces los auriculares para entablar algún tipo de conversación con ella, una conversación que nos evadiera de la hora y cinco minutos que acababa de anunciar el piloto que duraría el vuelo. Pero, al igual que yo, la chica llevaba la música muy alta, su música de avión, música bonita con la que nada malo puede pasarte porque solo evoca buenos recuerdos.
Entonces empiezo a inventarme una historia sobre la chica: nombre, apellidos, lugar de nacimiento, pareja, familia, si será rubia natural o teñida, etc. En fin, todas esas preguntas que su música no me ha dejado contestar. De repente me parece irrespetuoso. No tengo derecho a crearle una vida, ella ya tiene la suya. Y entonces doy con la clave: igual no tiene miedo a volar; al menos no en el sentido más literal de la palabra. Igual tiene miedo a escapar. O a llegar a su destino.
Cuando más sumida estaba en mis pensamientos, la voz del piloto me despertó de mis cavilaciones. Vamos a aterrizar. Agarro fuerte el brazo del asiento, no sin antes comprobar que la chica no lo está utilizando con el mismo fin. Cruzamos una mirada de complicidad; una mirada que es de excitación y miedo al mismo tiempo.
En un intento de liberar mis tensiones en un lugar mucho más cálido que el brazo de un asiento lleno de gérmenes del vuelo 8517 destino Madrid, agarro su mano muy muy fuerte; recibiendo de vuelta un apretón tan cómplice como la primera mirada. Y es que compartir miedos es como compartir carmín en el baño de una discoteca: te une en un para siempre que termina con la siguiente canción.
Se oye el fuerte estallido del tren de aterrizaje contra la pista de la terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid Barajas y que pronto queda reducido a un simple ronroneo enmudecido por los aplausos de los pasajeros hacia la peripecia del piloto.
Enrollo mis auriculares, recojo un libro mudo que con tan buena voluntad puse en mi asiento delantero y reviso que tengo el carné de identidad. De repente, sin haberme dado cuenta, la chica rubia ha desaparecido entre la maraña de gente que se pelea por bajar cuanto antes de este pájaro de hierro.
Probablemente sea gente que no tiene prisa, porque siempre me ha parecido que enmascaran el vacío de sus rutinarias vidas con prisas. Cuando alguien te espera en el aeropuerto o cuando tienes que coger otro vuelo sientes emoción, no prisa. En mi caso se daban las dos situaciones a la vez: un vuelo a un aeropuerto en el que me están esperando las personas con las que más he compartido en este último año.
Y de repente, cuando ya he salido del avión, me pregunto si a la chica con la que compartí miedo, la estaba esperando alguien.

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Llegando a Aveiro

De vez en cuando tenemos que descansar de esta afición turística que nos invade cuando se acercan las calores, y entonces nos quedamos en algún camping. Un ejemplo en la Playa de Mira, distrito de Coimbra.IMG_4524

Pero no sólo de reposo vive el campista ya que siempre hay algo que ver. Sobre todo en Mira. Después de comer un arroz de marisco nos fuimos a la playa, hasta el anochecer.

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Nos sorprendió que el otro camping, el municipal, tuviera ese aspecto como de “recuerdos del Brasil”, con sus bungalows en plan de palafitos. La sensación de habernos equivocado en la elección la quisimos endulzar diciéndonos que habría muchos mosquitos, pero, seguramente porque el agua era salada, de mosquitos no había ninguno. La próxima vez lo visitaremos.

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Nuestro estancia coincidió con las fiestas del pueblo y además de cenar tuvimos derecho a algunas actuaciones la mar de curiosas. Algo que nos sorprendió del lugar es que la vida turística discurría al borde de un lago en vez de sobre el frente marítimo como suele ser típico. En la siguiente etapa nos dimos cuenta que esto no es nada raro, al menos en la zona.

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En Costa de Lavos una pareja portuguesa, de nuestra edad, nos invitó a compartir su mesa en la terraza, para tomar café, porque no había ninguna libre. Hablando, hablando, nos contó que él estaba jubilado con la máxima pensión, ya que había empezado a trabajar a los doce años y siempre le habían cotizado, incluso de niño, cuando empezó en 1963. Patrones honrados. Y también que contaba el tiempo de la guerra. Porque su generación no fue a la mili, fue a la guerra.Hablamos de ello, nosotros conocíamos el conflicto colonial portugués, las guerras, por el cine y él porque la vivió,  en Guinea Bissau. Se quejaba de que no les permiten ir a los hospitales militares para tratar las secuelas de las enfermedades que padecen por haber hecho la guerra en Africa, especialmente la malaria. Es difícil profundizar cuando el manejo de la lengua es mínimo. Pero fue emocionante compartir esa velada con gente como ellos, que hicieron posible la revolución del 25 de Abril de 1974.

En vez de recalar en Aveiro nos quedamos en su playa más cercana, Costa Nova. Alvaro estaba entusiasmado, porque conocía el lugar, pero no su historia. Fue el lugar de vacaciones de la gente pudiente, de los burgueses del siglo XIX. Escritores como Eça de Queirós, que conoció durante las vacaciones a su esposa en los “palheiros”, que no eran en principio más que grandes almacenes para las barcas y las artes de pesca que los hombres del mar fueron arreglando para dar cobijo a estos nuevos transeúntes que eran los veraneantes burgueses.

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Hoy es un festival de colores. El mismo motivo se ve repetido y reinterpretado hasta un nivel increíble. Han sabido explotar como nadie un motivo tan atractivo como simple en las casas, en principio de madera, pintadas a rayas. ¡Genial!

Aquí tenéis un pase de fotos.

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La industria más famosa de Aveiro, aparte de la fabricación de ovos moles, son las fabricas de porcelana y cristal, entre ellas la de Vista Alegre. Con más de 200 años de historia mantiene un gran nivel internacional.

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