En la ruta de Berceo

La primera visita al monasterio de Yuso enervó las emociones del viajero –todavía de camino, como estaba. Aquel monasterio donde quien hacía los oficios de guía saludaría al visitante, atrayéndolo al realismo: que lo mayor del monasterio fue el hallazgo de las glosas –la cuna del castellano. En la fábrica y aderezos del actual monasterio, no hay abolengo tanto. Pero todavía en la ruta, y aun llegando, la emoción del viajero daba un vuelco al ver el indicador del caserío que quedaba a su derecha. Un letrero de caminos que sin solemnidad pronunciaba ‘Berceo’. Aquel nombre que los libros escolares dejaron en su memoria. Lugar de don Gonzalo –el joven formado en Suso, que tras estudios en Palencia regresara a su lugar como preste y notario. El don Gonzalo que quiso hacer una prosa en román paladino, en el cual suele el pueblo fablar con su vecino. Tanto así que, traspasando el viajero los andurriales que hollaba, dirigió sus pasos en primer lugar al monasterio de arriba, el de Suso –el más antiguo, donde la piedra casi se muestra en ara y en cenotafio, y ofrece perennidad a las manos y a las artes de los hombres.

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