Oporto. 2 y 3 de octubre de 2018. II

En nuestro primer día allí andamos, unos quince kilómetros, calle arriba, calle abajo, el segundo también, pero esta vez calle abajo, calle arriba.

El ayuntamiento de Oporto ha habilitado un parking para caravanas casi en el centro de la ría. El sitio es feo, pero está muy cerca del tomate. En media hora de paseo llegas al puente de Eiffel, o San Luis, que es como le llamaron cuando el franchute se volvió a casa. Allí dormimos las dos noches que estuvimos en la ciudad, pero ese no era nuestro plan. Habíamos oído hablar de un lugar en la orilla norte, en la desembocadura. Allí hay un observatorio de aves. El espigón de arena es una colonia de aves marinas. Desde allí se ve atardecer del vellón. El sol se mete en al mar delante de tus propias narices. El conjunto es precioso, así que lo vimos y nos planteamos pasar allí la noche, pero…

Aparcamos y nos fuimos a la ciudad vieja, al volver nos encontramos que el observatorio de pájaros era también el sitio de quedada de los yonkis de Oporto. Iban allí a la caída del sol, creo que a ver anochecer mientras hablaban del día de curro, para compartir golosinas. Cuando el tercer yonki metió la cabeza por una ventana de la Manoleta para pedirnos pasta comprendimos que quedarse allí pasar la noche no era buena idea.

Así que de vuelta al parking feo pero céntrico.

Estábamos empachados de gente, así que decidimos pirarnos al día siguiente.

Oporto mola pero por el momento teníamos suficiente, al fin y al cabo es una ciudad, en las ciudades solo puedes gastar pasta, o andar, y treinta kilómetros en dos días es una buena marca, además Yogui estuvo prácticamente los dos días encerrado en la furgo mientras Rakel y yo nos machacábamos los gemelos. Nos sentíamos en la obligación de llevarle a algún sitio con suficientes cosas asquerosas que poder husmear. Unos días de playa seguro que le vendrían bien.

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