Historias de California: La furgoneta (parte II)

Aunque algo vieja, le pareció mejor de lo que había imaginado. Rápidamente se subió al asiento del piloto y estuvo palpando hasta dar con la llave en el hueco entre los asientos donde le habían dicho que estaría. Introdujo la llave en el contacto y la giró. El motor emitió un sonido ahogado y seco, como una tos de un animal cansado y viejo. -¡Mierda, después de todo el puto viaje! –se quejó a los cielos Luisa- me he quedado a las puertas. -Y fue entonces cuando sintió que una fuerza desconocida le daba un manotazo al tablero y todas las piezas se desmoronaban en el vacío. 

Tras maldecir Luisa, la mujer se acercó con unas pinzas para la batería. Pusieron los cables rojo y negro en sus respectivas posiciones y de nuevo probó suerte. Tras amagar con la misma tos, prendió, y entonces, como en las películas cuando el protagonista logra una hazaña, le surgió a Luisa un grito de alegría, casi ridículo. La mujer sonrió y le dijo que haría bien en echar gasolina, pues no quedaba mucha. Antes de despedirse, le enseñó cómo funcionaban los cambios automáticos.

Minutos después Luisa conducía alegremente hacía la gasolinera. Presentía que este iba a ser el inicio de una gran aventura. Se abrían nuevos horizontes a lomos de aquella fantástica Ford. Decidió que la llamaría the deer –el ciervo-. En la gasolinera,tras aparcar la furgoneta al lado del surtidor, se dio cuenta que la había colocado al revés, pues no llegaba la manguera. Volvió a montar para subsanar el error,pero entonces la furgoneta no arrancó. A la segunda tampoco. Ni a la tercera.La cara de Luisa se contrajo en una mueca que mezclaba el pánico con la angustia. “Estoy jodida”, pensó. Entró en la tienda de la gasolinera para pedir ayuda. El vendedor estaba detrás del mostrador parapetado tras decenas de productos. Fue verla venir y puso cara de “me vas a joder la noche”. Pero luego se enrolló y le ayudó a empujar la furgo hasta la parte de atrás de la gasolinera, tras lo que el conductor se volvió a meter a la tienda.

Hasta el séptimo coche que preguntó no obtuvo un “sí”. Eran dos chicas jóvenes. Sin embargo los cables no lograron arrancar la furgo. Le explicaron donde encontraría una tienda de repuestos de coches, aunque al ser domingo de noche, tendría que esperar al día siguiente. Llegó a pensar en alquilar una habitación para dormir, pero había un problema logístico, la furgoneta se había quedado con la ventana del piloto bajada, y como no tenía energía no se podía subir. Una vez aceptado que no podía hacer nada, se compró una botella de vino de California con tapón de rosca. Unos tragos de vino unidos a que no tenía mucho que hacer ayudaron a que le entrara el sueño.Preparó las cosas y se fue al colchón de la parte de atrás. Estuvo buscando alguna manta, pero apenas encontró una toalla vieja. Hacía fresco al estar tan cerca de la costa. En una bolsa encontró un jersey que olía a cuadra, pero que le pareció de cachemira. Se tumbó y dejó que sus pensamientos la condujeran, entre escalofríos e inquietudes, hacia el sueño.

Al despertar la recibió el frío. Una sombra se movía tras los cristales. Se reincorporó un poco y echó un vistazo alrededor. A pocos metros una persona pasaba con un carrito mientras miraba a Luisa, y al ver que ésta se movía saludó. Luisa devolvió el saludo y volvió a hacerse un ovillo como si nada hubiera ocurrido. A los pocos segundos volvió a sentir una presencia, se reincorporó y vio como una cabeza asomaba por dentro del vehículo. Era el homeless de antes, o al menos lo parecía por su aspecto desaliñado y el hecho de merodear por ahí a esas horas. – ¿Quieres fumar? –le dijo la cabeza a Luisa mientras sujetaba un canuto entre sus dedos. –No, gracias –y esbozó la mejor de sus sonrisas, como si todos los días le ofrecieran marihuana así. El gesto debió convencer al fumador, pues sacó su cabeza del coche y se alejó del coche hacia la oscuridad de la noche. A Luisa le latía con fuerza el corazón, pero luego se tranquilizó gracias al vino y volvió a dormirse.

Una boca pastosa fue lo primero que sintió al despertar. Tras espabilares un poco, se fue en busca dela tienda que le habían comentado. Allí convenció al dependiente mexicano para que fuera a instalarle la batería. En un abrir y cerrar de ojos se la colocó y así pudo reanudar la marcha.

Por la Highway 1 las vistas resultaron muy variadas. En un momento dado contemplaba la belleza de la costa del pacífico con sus acantilados rocosos, sus árboles dibujando extrañas formas, la promesa de ver alguna ballena a lo lejos,y un rato después se adentraba en un bosque de secuoyas donde apenas penetraba la luz y el tiempo parecía haberse detenido. Y fue así, como regresó conduciendo a Oakland, y tras aparcar la furgoneta se olvidó de ella unos días.

La semana de trabajo fue exigente, pues todo era nuevo para ella. Frente al ordenador pensaba en su furgoneta, y en donde iría cuando llegara el fin de semana. Se acordó entonces que la furgo no tenía seguro, pues dependía de Alex para formalizarlo y no conseguía contactar con él. Ahora que se acordaba, su colega le había comentado que se iba al Amazonas a trabajar con una ONG.

Llegó el fin de semana y decidió coger la furgo para ir a una reserva cercana donde le había comentado un colega del trabajo que podría divisar diferentes pájaros, que por algún motivo le fascinaban más que nunca. De camino al rebuscar en la furgoneta,descubrió una bolsita con un par de cogollos de marihuana. Le inquietó la idea de que estuviera allí, pero luego, al parar a por gasolina, vio papel de fumar y lo compró. Al rato, mientras oteaba el pacífico en busca de ballenas y observaba las bandadas de patos sobre el mar, se hizo un porro como pudo–años atrás siempre había otro que los hacía-. Tras darle dos caladas, recordó esa sensación en los pulmones casi olvidada, desde primer año de carrera quizás. Con una sonrisa en la boca lo apagó y emprendió su camino devuelta.    

Mientras conducía le excitaba la idea de no tener los papeles en regla. Por primera vez en su vida tenía la sensación de ser completamente independiente. Sensación que renovaba cada vez que llegaba el fin de semana y cogía la furgo. Estaba viviendo su propio sueño americano, mucho mejor que el original. Había empezado incluso a fantasear con empezar una nueva vida aquí. Una vida diferente. Incluso, porqué no, una vida sin Carlos.

Fue unos por trabajo a San Diego. A la vuelta, al acercarse a su casa, vio que la furgoneta no estaba donde la dejó. Se asustó, pero decidió preguntar a la dueña de la casa antes que nada. Tras llevar a cabo ésta su pequeña investigación, descubrió que el coche de seguridad de la zona donde vivía, al ver que el vehículo no se movía durante varios días, y unido al hecho que la matrícula estaba caducada, decidió llamara una grúa. Es cierto que la dueña de la casa le había comentado que moviera la furgoneta de vez en cuando, pero no con qué frecuencia debía hacerlo, y en las semanas que llevaba aparcando no había recibido ningún aviso.

Habló con Bob, el jefe de los Terry Brothers, la empresa que le había retirado el vehículo. Por lo visto no podía recuperar la furgo, pues no era la dueña ni tenía los papeles de ésta. Le quiso explicar la situación, pero el hombre parecía no querer hacer una excepción. Además, Alex, el dueño de la furgoneta, seguía sin responder. La tarifa para recuperarla ascendía ya a 500$.Y lo peor era que cada día subía 100$. “Menuda panda de piratas” –pensó Luisa.No sabía qué hacer. Le daba vergüenza hablarlo con Carlos, o con su padre, pues le echarían la bronca por conducir sin papeles ni seguro. Trató de hablar con la dueña de la casa, de sí podía ayudarla, pero los Terry Brothers exigían que fuera el dueño o alguien autorizado.

Cinco días después logró hablar con Alex. Se indignó mucho con la situación. Pero tampoco la culpó, ni la recriminó nada. Le comentó que no podría autorizarla a través de un notario, pues él estaba muy limitado desde donde estaba. Qué le fuera informando de cuánto pudiese y que ya hablaría él con los Terry Brothers. Según supo luego Luisa, Bob le amenazó a Alex con qué si en una semana no pagaban el precio del rescate, la desguazarían y la venderían por piezas.

Luisa y Alex trataron de hablar con los del seguro para ver si podían de alguna manera legalizar la situación de la furgo. Pero el proceso era lento. Exigían una seria de firmas,de documentos originales, y este proceso conllevaría no pocos días.

Tenía un ciervo, y se lo enseñaba a todo el mundo orgullosa. Era su mascota, pero también galopaba sobre él. En un momento dado lo descubrían Carlos y su padre, y no parecían contentos. Se iban a hablar con un personaje misterioso. Resultó que era Bob, y llevaba un hacha en la mano. Luisa comenzaba a gritar. Pero Bob no hacía caso, y levantó el hacha sobre el animal. Luisa se despertó.

En la cama, tras el horrible sueño, lo decidió. Llamó al trabajo y dijo que estaba mala y que hoy no iría.Nunca había hecho algo así, y le recordó a aquellos días en que afectada por algo importante se hacía la enferma para no ir al instituto. Se fue a la gasolinera y compró gasolina. Metió la garrafa dentro de una mochila de deporte y se fue a la dirección que marcaba la aplicación. Cuando se aproximaba a su objetivo vio que se abría una puerta. Y entonces la vio, rodeada de coches desguazados, en un parking al aire libre, allí estaba su querida the deer. Era de las primeras en una hilera que enfilaba hacia una máquina gigante que parecía ser la que desguazaba. Ese era el momento de aplicar la estrategia. Lo había visto cientos de veces sobre el tablero de su padre, y quizás también en las películas. La estrategia del despiste. Vertió la gasolina sobre unos trapos, los prendió y los lanzó al lado contrario del garaje. Al minuto la columna de humo era visible, había tenido suerte y un neumático había comenzado a arder. Se oyeron unos gritos con acento mexicano, y dos trabajadores aparecieron con unos bidones de agua. Este era el momento de atacar sobre el rey, de abalanzarse sin piedad sobre el enroque. Se aproximó con sigilo a la furgoneta, introdujo la llave y entró. En ese momento la máquina trituradora de coches empezó a funcionar, así que aprovechó para arrancar, y acto seguido maniobró lo más rápido que pudo para sacar el vehículo de la fila que conducía al “matadero”. En unos segundos lo había logrado, franqueaba las puertas y estaba de nuevo en la calle, gritaba para descargar de algún modo la adrenalina acumulada. Y al galope de aquel animal se alejó.

A los meses, días antes de regresar a España, volvió al lugar donde había visto a su querida the deer por primera vez. Y allí la aparcó, como si nada hubiera ocurrido, como si hubiera sido un sueño.

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